Primera página.

Os dejamos un avance de la última novela de Laura Gallego. Disfrutadla. Y si os engancha ...   puede ser  la próxima adquisición de la Biblioteca😍


© Laura Gallego, 2003

EL TREN DE LAS ALMAS PERDIDAS

Dicen que por algunas estaciones solitarias pasa de vez en cuando un tren. No es fácil verlo, dado que sólo viaja de noche, y, además, no se muestra ante todo el mundo. Ferroviarios, viajeros noctámbulos y vagabundos soñolientos lo han visto pasar desde los andenes de pequeñas estaciones de todo el mundo, pero nadie sabe de dónde viene, a dónde va ni qué clase de pasajeros transporta en su interior. Por alguna razón que nadie ha sabido explicar, a este tren misterioso se lo llama el tren de las almas perdidas.
No es más que una leyenda, claro. Pero… ¿qué sucedería si de repente, una noche, el tren de las almas perdidas se detuviera en una estación?
¿Qué ocurriría si alguien se decidiera a montar?
Ni Alex ni Sebastián habían oído hablar nunca del tren de las almas perdidas. Bueno, puede que Sebastián sí; tal vez alguien le había contado la historia como una leyenda urbana más, parecida a la de los caimanes en las alcantarillas de Nueva York o a la de la mujer fantasma de la autopista, que se aparecía en el mismo lugar donde había fallecido en un accidente décadas atrás. En cualquier caso, si había escuchado la historia, desde luego no la recordaba y, además, en aquel momento tenía otras cosas en qué pensar. Estaba preocupado y molesto; preocupado porque Alex y él habían perdido el penúltimo tren de regreso a casa y, aunque había avisado por teléfono de que llegarían más tarde, ya era de noche y sabía que su madre estaría nerviosa. Y molesto, porque tenía que cargar con su hermano pequeño una vez más.
Alex tenía diez años, casi once, y Sebastián era un malhumorado adolescente de quince. No era mucha diferencia de edad, y probablemente cuando crecieran más serían grandes amigos, pero en aquel preciso instante, cinco años parecían un abismo insalvable.
Aquel día, Sebastián había ido a la casa de campo de unos amigos; su madre había insistido en que se llevara a su hermano consigo. Aunque Alex ya no era tan pequeño como para necesitar una “niñera”, ella se empeñaba en que fueran juntos a todas partes, y Sebastián estaba más que harto.
Ahora, los dos hermanos estaban sentados en un banco de la pequeña estación. Alex miraba constantemente el reloj, pero Sebastián contemplaba el suelo con gesto hosco.
Un tren se detuvo ante ellos. Alex se levantó como movido por un resorte.
—Siéntate —gruñó Sebastián—. Ese no es nuestro tren.
Un hombre bajó del tren, pero nadie subió. Alex y Sebastián estaban solos en la estación. El tren se puso en marcha de nuevo y se alejó en la oscuridad.
—Estate quieto; me pones nervioso. El próximo es el nuestro y sale a las nueve y dieciocho, así que deja de mirar el reloj. —El propio Sebastián alzó la cabeza para echar un vistazo al reloj de la estación: eran las nueve y cinco—. Voy al servicio. No te muevas de aquí.


—No pensaba ir a ninguna parte —murmuró Alex, ofendido.
Su hermano no dijo nada. El niño se quedó solo en el andén, apoyó la espalda contra el respaldo del banco y cerró los ojos un instante. La verdad es que estaba muy cansado…
¿Fue solo un momento? Lo despertó el sonido de un tren entrando en la estación, y miró a su alrededor, alarmado. Sí, un viejo tren acababa de parar frente a él. Alex se puso en pie de un salto y echó a correr hacia el vagón más próximo, pero se detuvo en seco y miró a su alrededor. A su hermano no se lo veía por ninguna parte. El reloj marcaba las nueve y trece.
Alex vaciló. Sebastián había dicho que el próximo tren era el suyo. Pero faltaban cinco minutos para la hora. Aunque era posible que el tren se hubiera adelantado. ¿Y dónde estaba Sebastián?
De pronto pensó que tal vez ya hubiera subido al tren y pretendiera dejarlo atrás. Era absurdo que lo abandonara en aquella estación en medio de ninguna parte, pero por la mente de Alex cruzaron todos los momentos en los que Sebastián había dejado muy claro que su hermano era una molestia para él.
El tren pitó. Las puertas empezaron a cerrarse. En un ataque de pánico, Alex entró de un salto. Las puertas se cerraron, y el tren se puso en marcha y abandonó la estación.
En aquel momento, Sebastián regresaba al andén. Vio el convoy alejándose, vio a su hermano pequeño dentro y corrió tras él, gritando al tren para que se detuviera, pero fue en vano. Su hermano ni siquiera lo vio correr en el andén.
Furioso, Sebastián miró la hora. Eran las nueve y trece. ¿Cómo era posible que se hubiera adelantado el tren? Entró en la estación y despertó al empleado que dormitaba en la taquilla.
—¡Oiga! ¿Cómo es que ha pasado antes de tiempo el tren para San Esteban?
—¿El de San Esteban? —El empleado consultó sus papeles, algo aturdido—. No ha pasado todavía. Suele retrasarse.
—¿Qué tren pasaba entonces a las nueve y trece?
—¿A las nueve y trece? —El hombre le dirigió una extraña mirada—. Ninguno.
—Oiga, ha pasado un tren hace unos minutos y mi hermano pequeño se ha montado en él.
El empleado, sin una palabra, le tendió un cuadrante con todos los trenes que debían parar en la estación aquella tarde. Entre el de las nueve y cinco y el de San Esteban no había ninguno.
—No lo entiendo. Se habrá adelantado nuestro tren…
No terminaba de decirlo cuando un tren de cercanías se detuvo en la estación.
—Ese es el tren para San Esteban —señaló el empleado—. Hoy viene puntual.
Sebastián miró el reloj de la estación. Eran exactamente las nueve y dieciocho.
—No lo entiendo —repitió, cada vez más preocupado—. Yo he visto un tren, mi hermano se ha montado en él…
—Será un tren fantasma —replicó el hombre con una sonrisa ligeramente burlona.
Algo oprimió el corazón de Sebastián como una garra de hielo.
Alex recorría los vagones en busca de su hermano. Al principio no se fijó en la gente, pero al



cabo de un rato no dejó de notar que todos presentaban un rostro levemente grisáceo. Lo atribuyó a la débil luz que bañaba el interior del tren. Cuando llegó al último vagón le entró el pánico. Ya se había convencido de que Sebastián no estaba a bordo.
Trató de tranquilizarse. Su hermano se había entretenido en el servicio, el tren se había adelantado y él lo había perdido. Su madre estaría esperándolos en la estación. Le contaría lo sucedido y seguramente irían a buscar a Sebastián, o él regresaría a la finca de su amigo para pasar otra noche allí y volver a casa al día siguiente. Con todo, no dejó de sentirse inquieto. Se sentó junto a un joven trajeado que tecleaba frenéticamente sobre su ordenador portátil, apoyado sobre sus rodillas. Alex no quería molestarlo, pero fuera estaba tan oscuro que resultaba imposible ver algo a través de la ventanilla.
—Disculpe —dijo por fin—. ¿Sabe cuántas paradas faltan para San Esteban?
El hombre del portátil no lo oyó al principio; o, si lo hizo, desde luego no prestó atención. Alex repitió la pregunta, y su compañero de asiento se percató entonces de su presencia.
—¿Eh? —murmuró, dando un pequeño respingo; miró a su alrededor y, al bajar la vista, descubrió a Alex sentado junto a él. Por alguna razón, esto pareció disgustarlo—. No. ¿Por qué debería saberlo?
—¿Dónde va a bajar usted? —preguntó Alex; si conocía el pueblo al que se dirigía el joven, tal vez podría hacerse una idea de las paradas que faltaban para llegar a su destino.
El otro dio la impresión de estar ligeramente desconcertado. Le dirigió una mirada perpleja y entonces pareció caer en la cuenta de que se encontraba en un tren.
—Oh —dijo—. No lo sé.
Alex empezó a temer que no se encontraba bien. El joven del portátil captó su expresión y se apresuró a añadir, con cierta petulancia:
—Pero, naturalmente, será el lugar a donde yo quería llegar desde el principio. Nunca estoy en un sitio por casualidad. Tengo mi vida completamente planificada.
Alex no dijo nada, aunque tuvo la sensación de que aquella persona no tenía ni idea de a dónde iba, pero no quería reconocerlo. No obstante, ¿cómo se puede uno subir en un tren sin saber a dónde va? Alex quiso preguntárselo, pero temía ofender al joven; por otro lado, éste ya estaba otra vez tecleando compulsivamente. El niño supuso que su trabajo sería muy importante, y estiró el cuello para poder ver en la pantalla qué era lo que escribía. No entendió nada, y al principio creyó que se trataba de un idioma extranjero, pero se dio cuenta enseguida de que no era así. Los dedos de aquel hombre golpeaban el teclado sin saber lo que escribían, y su mirada, que parecía fija en la pantalla, en realidad estaba perdida y no leía las letras que iban apareciendo en ella. Los ojos de Alex se fijaron en la cifra que, en la parte inferior de la pantalla, indicaba el número de páginas escritas, y se quedó sin respiración: el joven del traje elegante había llenado ya nueve mil setecientas treinta y cuatro páginas de palabras sin sentido.
Alex se levantó y se separó de él, inquieto. El joven no pareció notarlo. Seguía tecleando furiosamente su galimatías en el ordenador.
De pronto, el niño notó que el tren reducía la marcha. Salió del vagón y se introdujo en el



siguiente, y vio a una viejecita que se levantaba trabajosamente y se dirigía hacia la puerta. Alex se acercó a ella.
—Perdone —la llamó—. ¿Va a bajar?
Por el rostro arrugado de la anciana se expandió una beatífica sonrisa de felicidad pura.
—Sí, hijo —dijo, con los ojos húmedos—. Por fin he vuelto a casa.
Su reacción lo tomó por sorpresa, pero finalmente Alex pudo preguntar:
—Y… eh… ¿cómo se llama este pueblo?
—No lo recuerdo. Verás, hace mucho tiempo que me marché, y me ha costado encontrar el camino de vuelta.
Alex iba a responder, pero el tren se detuvo bruscamente; alargó la mano para sujetarse a algo, y el brazo de la anciana parecía ser el asidero más próximo. Pero, extrañamente, la mano de Alex pasó a través del brazo de la mujer, como si éste fuera de humo, de modo que Alex perdió el equilibrio y tuvo que agarrarse a la barra para no caerse. Las puertas se abrieron. La viejecita se dispuso a salir; antes, sin embargo, se volvió hacia él y le sonrió de nuevo. Después, abandonó el tren y la oscuridad se la tragó.
Alex quiso asomarse, pero las puertas se cerraron ante él. Logró vislumbrar lo que la anciana había llamado su hogar.
No eran más que unas negras ruinas al borde de un camino.
Alex trató de ver algo más en la penumbra, pero no lo consiguió. Se sentía confuso. Estaba completamente convencido de que la viejecita era incorpórea, había visto cómo su mano pasaba a través de ella. Pero eso no era posible. ¿O sí? Sacudió la cabeza, tratando de olvidarlo, y se volvió hacia un hombre con aspecto impaciente que estaba allí sentado.
—Oiga, creo que esa mujer se ha bajado en la parada que no era.
El hombre chupó su cigarrillo.
—¿De verdad? —dijo, sin mucho interés—. Yo que tú no me preocuparía, muchacho. Si ella bajó en esa parada, es porque era la suya. De otro modo, el tren no la habría dejado salir.
—Ah… vale —fue todo lo que se le ocurrió decir a Alex; por alguna razón, parecía que todos en aquel tren estaban chiflados—. ¿Y sabe usted cuántas paradas faltan para San Esteban?
El hombre lo miró largamente. Había algo extraño en sus ojos, como un inquietante brillo rojizo, y Alex se estremeció. Decididamente, no le gustaba aquel hombre. También el del portátil estaba loco, pero al menos él parecía inofensivo.
—Este tren no va a San Esteban, muchacho —dijo finalmente el hombre del cigarrillo—. No escucha los deseos de la gente como tú. ¿Cómo has subido aquí?
—¿Quiere decir que me he equivocado de tren? —Alex sintió que el pánico lo inundaba—. ¿Y a dónde va este tren, entonces?
El hombre lanzó una risa seca.
—No te gustaría saberlo, chico. ¿Por qué no le preguntas al maquinista? Puede que él sepa en qué estaciones va a detenerse. Pero a la gente como tú sólo les dejan bajarse en la última parada, así
© Laura Gallego, 2003
que… —Se encogió de hombros—. No es un mal sitio una vez te acostumbras. Claro que los que son como tú nunca llegan a acostumbrarse. En fin… te acompaño en el sentimiento, chaval.
—A… adiós —dijo Alex, saliendo precipitadamente del vagón. Definitivamente, no le gustaba aquel hombre.
Recorrió el tren en dirección a la cabina del maquinista. Por el camino preguntó a más personas, pero nadie supo darle indicaciones concretas. Había una mujer que lloraba desconsoladamente y no sabía por qué; por no saber, ni siquiera recordaba su nombre. Había también un africano que decía que el tren lo llevaba de vuelta a Senegal, y no quiso creer a Alex cuando intentó explicarle que era imposible llegar en tren desde allí hasta África. Había un hombre que dijo que regresaba con su familia, pero no sabía dónde se encontraban. Había tres chicas jóvenes que eran amigas y estaban juntas, pero tenían un aire completamente desconcertado. Tampoco ellas sabían a dónde las llevaría el tren. Habían subido juntas y cada una de ellas quería ir a un lugar diferente, pero tenían miedo de separarse.
Había un anciano que dijo ir a un lugar que no existía.
—Pero he soñado con él todos los días de mi vida, y lo reconoceré en cuanto lo vea —le aseguró, con una sonrisa desdentada.
No fue nada de esto, sin embargo, lo que hizo que Alex llegara al primer vagón completamente aterrado, sino la certeza de que aquellas personas no eran de verdad. Había tratado de tocarlos y los había hallado tan incorpóreos como la niebla. Parecía una pesadilla o una broma de mal gusto… pero aquel tren estaba lleno de fantasmas. Con todo, a excepción quizá del hombre del cigarrillo, ninguno de ellos parecía malvado o amenazador. Y, aunque Alex estaba muerto de miedo, algo en su interior los compadecía porque parecían perdidos, melancólicos y ligeramente desconcertados, como si hubieran olvidado algo importante en alguna parte y no supieran qué era, ni dónde encontrarlo. Muchos confiaban en que aquel tren supusiera el final de su búsqueda. Pero todos ellos estaban demasiado cansados como para sentir entusiasmo por encontrarse a bordo.
¿Qué hacía Alex en aquel tren? Había subido por error, eso estaba claro. Pero, ¿y si hubiera parado por él? ¿Quería decir eso que estaba muerto? Esa posibilidad lo aterrorizaba; sin embargo, y aunque no confiaba en el hombre del cigarrillo, éste le había dicho que él era diferente al resto de los pasajeros. Tal vez seguía vivo todavía. Tal vez…
En el primer vagón, Alex encontró a una niña de su edad que viajaba sola. Ella no parecía triste, sino tranquila y serena. Miraba a través de la ventana, aunque no hubiese nada que ver. Su rostro era igual de ceniciento que el del resto de pasajeros, y Alex supo que ella también estaba muerta. Sintió tristeza por ella y se sentó a su lado.
—Hola. Me llamo Alex.
Ella se volvió hacia él con una calmosa sonrisa.
—Yo soy Elisa.
Los dos entablaron conversación. A Alex le sorprendió darse cuenta de que Elisa sí sabía exactamente a dónde iba. Regresaba a casa, con sus padres, y se acordaba de la ciudad, la calle y el



número donde vivía. El niño no pudo evitar preguntarse si ella pensaba quedarse en casa de sus padres como fantasma, y si podría comunicarse con ellos moviendo cosas y dejando mensajes como hacían los fantasmas de las películas. Pero tuvo la suficiente delicadeza como para no decírselo.
—Yo ya sé que estoy muerta —dijo ella de pronto—. Aunque no recuerdo cómo fue. Por eso quiero volver a casa. Mis padres deben de estar muy preocupados.
Lo dijo sin emoción, y Alex pensó que tal vez eso era debido a que se trataba de un fantasma.
—Yo, sin embargo, creo que estoy vivo —dijo, sin ninguna convicción; no hacía mucho que había visto una película en la que el protagonista estaba muerto y no lo sabía. Le contó lo que le había dicho el hombre del cigarrillo sobre la última parada, y también Elisa se mostró interesada. Se ofreció enseguida a ayudarlo, y Alex se sintió más animado.
Juntos, los dos llamaron a la puerta de la cabina del maquinista. Una voz ligeramente sorprendida dijo desde el otro lado:
—¿Quién es?
—Somos dos niños —dijo Alex—. Me llamo Alex y ella es Elisa; ella es un fantasma, pero creo que yo estoy vivo.
Hubo un breve silencio.
—Pasad.
Y entraron. Al principio pensaron que se trataba de una estatua, porque no movió ni un músculo; sus manos estaban sobre los controles y su mirada fija en la vía que tenía ante sí. Pero entonces, cuando ya no lo esperaban, el maquinista dijo:
—Es cierto, estás vivo. ¿Por qué has subido al tren?
—Usted lo detuvo frente a mí.
—Eso es verdad. Pero yo paro donde debo, no donde quiero. Tu estación estaba en el programa. No bajó nadie y sólo subiste tú. Es extraño, pero yo no puedo hacer nada al respecto.
—Me han dicho que, como estoy vivo, no tengo derecho a decidir dónde se parará el tren. Que tengo que bajarme en la última parada.
—Te han dicho bien.
—¿Y cuál es la última parada? —preguntó Alex ansiosamente, rogando por que no estuviera demasiado lejos de su casa.
El rostro de piedra del maquinista esbozó una breve y tétrica sonrisa.
—El infierno —dijo solamente—. Lo siento, muchacho. Cuando subes al tren de las almas perdidas antes de que llegue tu hora, te arriesgas a esto.
El tren siguió su marcha, inexorablemente. Hizo un par de paradas. En ellas bajaron el anciano que iba a un lugar que no existía y el hombre que regresaba con su familia. Alex intentó bajar con ellos, pero las puertas se cerraron ante él antes de que lo lograra. Y, según iba pasando el tiempo, la esperanza de escapar de aquel tren se reducía cada vez más.



Elisa sugirió que fueran a hablar con el hombre del cigarrillo, que parecía saber tantas cosas. Y, aunque a Alex le daba mala espina, aceptó.
Al desconocido le brillaron los ojos cuando los vio entrar.
—¿Ya de vuelta? ¿Ya has averiguado a dónde va el tren?
—Sí —dijo Alex, abatido—. Pero usted lo sabía, ¿no? ¿Por qué no me lo dijo?
—Porque la gente no suele creerme. Y hacen bien, en realidad.
Alex se dio cuenta de que la piel del hombre del cigarrillo no era de color gris; estaba pálido, sí, pero parecía corpóreo comparado con Elisa.
—Usted no es un fantasma —comprendió enseguida—. ¿Está vivo, como yo?
—Más o menos. Pero, a diferencia de ti, yo he cogido este tren por propia voluntad. Sabía que se dirige al infierno, y verás, me viene de perlas. Hacía tiempo que tenía intención de regresar.
—Usted es un demonio —dijo Elisa en voz baja.
Alex retrocedió como movido por un resorte. El desconocido rió suavemente. Después dio una nueva calada a su cigarrillo.
—Eres una chica perspicaz.
—Entonces, usted sabe más cosas que el resto de los pasajeros —prosiguió Elisa; Alex estaba deseando marcharse y no comprendía cómo ella podía seguir impasible, ahora que sabía lo que era—. ¿Sabe si hay alguna manera de que Alex baje antes de la última parada?
—Sí, la hay. Pero, verás, es algo complicado. Deberíais averiguar qué pasajero será el último en bajar, y tratar de convencerlo para que elija otro destino. Pero eso es difícil.
—¿Por qué? —preguntó Alex—. ¿Quién querría ir voluntariamente al infierno?
—Yo, por ejemplo. Pero deja que te explique algo: eso del infierno es algo muy personal. Muchas personas viven su propio infierno en la tierra y, cuando mueren, no hacen más que perpetuarlo, de manera consciente o inconsciente. Es gente cuya vida está llena de miedo, de odio, de dolor, de sentimiento de culpa. Son ellos los que crean el infierno. Nosotros, los demonios, simplemente vivimos en él.
Alex sacudió la cabeza, perplejo. Elisa seguía escuchando, serena.
—¿Comprendes ahora por qué es difícil que bajes antes de la última estación? —añadió el demonio con una sonrisa—. No vas a cambiar en unas horas una actitud forjada durante toda una vida.
Alex asintió. Pero Elisa dijo:
—Vamos.
Y salió del vagón. Él la siguió. Antes de salir, se volvió hacia el demonio.
—¿Por qué me has contado todo esto?
—Es un viaje largo —dijo él, encogiéndose de hombros—. Me aburría.
—Pero, ¿por qué? Se supone que los demonios quieren que la gente vaya al infierno, ¿no?
—Hombre, no es mala cosa. Pero los humanos, en realidad, no nos necesitáis a nosotros para crear el infierno. Así que lo que yo diga no cambiará nada.



Alex se estremeció.
—Bueno, gracias de todas formas.
—No hay de qué.
Alex y Elisa recorrieron el tren, hablando con todos y cada uno de los pasajeros. Alex habría apostado por la mujer que lloraba, y perdieron un tiempo precioso tratando de hacer que visualizase un lugar hermoso; ella no dejó de llorar pero, para su sorpresa, se bajó del tren en la siguiente parada.
Regresaron junto al joven del ordenador portátil. Apenas consiguieron sonsacarle algunas palabras. Sin embargo, Alex vio cómo poco a poco se iba extinguiendo el brillo febril de sus ojos, hasta que la pantalla parpadeó y se apagó. El ordenador se había quedado sin batería. El joven del traje elegante se quedó en silencio, quieto, contemplando la pantalla negra con la mirada vacía y una espantosa expresión de abatimiento. El tren se detuvo entonces, y él se bajó. Alex logró echarle un vistazo a su lugar de destino: se trataba de un prado tranquilo, con un arroyo que murmuraba una canción que invitaba a la serenidad y al descanso. Y así debía de ser, puesto que el joven del portátil se tumbó en la hierba y se quedó dormido. Y Alex supo que dormiría durante mucho, mucho tiempo.
Cuando las puertas se cerraron, los niños descubrieron que se había dejado el ordenador, silencioso y muerto, sobre el asiento.
Al cabo de un rato, Alex se rindió. Si el infierno era algo tan personal, ¿cómo saber quién se dirigía a él? La mayor parte de aquellas personas ni siquiera recordaban cómo se llamaban. Abatido y desconsolado, Alex se dejó caer en uno de los asientos del primer vagón. Elisa se sentó junto a él.
Vieron cómo, poco a poco, el tren se iba vaciando de gente. En cada parada, Alex miraba a Elisa, pero ella no se levantaba.
—¿Cómo sabes cuándo tienes que bajarte?
—Lo sabré.
Alex suspiró. Elisa estaba muerta, y él, vivo. Pero ella regresaría a su casa, mientras que él pasaría la eternidad en el infierno.
—No entiendo. Si el infierno es algo que uno crea, ¿a quién se le habrá ocurrido incluirme en él?
El tren avanzaba ahora a través del mar, sin duda en dirección a Senegal. Una débil luz iluminaba el paisaje. Era una sensación extraña, pero Alex estaba demasiado triste como para apreciarla.
—¿Cómo es tu familia? —preguntó, para matar el tiempo—. ¿Tienes hermanos?
—No.
—Yo tengo uno. Casi siempre se enfada conmigo, pero en el fondo no es mala persona. Supongo que estará preguntándose dónde estoy.
Pensar que no volvería a verlo hizo que se le hiciera un nudo en la garganta. Tenía ganas de llorar, pero no lo hizo porque en el fondo una parte de su mente le decía todavía que aquello no podía ser real.
—También mis padres me echarán de menos —prosiguió—. Nunca sabrán qué me pasó.




—Mis padres… —empezó Elisa, pero se calló de pronto.
—¿Qué?
—Mi madre es buena, pero siempre está triste. Qué extraño, no recuerdo por qué. Y mi padre…
Su mirada se oscureció. El tren se detuvo. Alguien, en otro vagón, debió de bajarse. Las puertas se cerraron de nuevo. Alex enterró la cara entre las manos.
—Directos al infierno —murmuró—. Los he contado a todos. Ese era el último. Ahora sólo quedamos el demonio, el maquinista, tú y yo.
Elisa no dijo nada. Alex se volvió para mirarla, y se quedó paralizado.
El rostro de ella era una máscara de terror.
Y entonces lo comprendió. La sangre se le heló en las venas.
—Elisa, eres tú —murmuró—. ¡Tú vas al infierno!
Ella no lo escuchaba. Se puso a llorar y a gritar, como si estuviera viviendo alguna experiencia horrible. Alex quiso abrazarla para consolarla, pero ella no tenía cuerpo. Sin embargo, cuando rozó su espíritu o lo que fuera que estaba sentado a su lado, Alex vio en su mente, como una serie de fogonazos, el infierno particular de Elisa.
Vio un hogar destrozado por el miedo y la intolerancia. Vio platos rotos, rostros amoratados, almas quebradas. Oyó gritos y súplicas y escuchó el estallido de los golpes. Vio una niña pequeña que se escondía en el armario y se tapaba los oídos fingiendo estar en otra parte, pero no, la realidad era aquella, el infierno en su casa, y su padre sabía siempre dónde encontrarla. Vio, finalmente, cómo un golpe destinado a su madre caía sobre Elisa, y cómo ella era brutalmente arrojada al suelo y su cabeza chocaba contra un canto de la mesa. Vio su cuerpo ensangrentado y roto yaciendo sobre la alfombra, y supo que aquél era el infierno de Elisa, el infierno al que iba volver porque no conocía otra cosa, el infierno que reviviría una y otra vez incluso después de muerta, el infierno al que la dirigía el tren de las almas perdidas.
—¡Elisa! —gritó—. ¡Elisa, no, vuelve!
¿Volver? ¿A dónde? Ella lo miró de pronto con aquella serena sonrisa suya que a Alex le pareció terrible ahora que conocía su secreto. Atrás había quedado el terror, no porque lo hubiera superado, sino porque no lo recordaba… hasta el momento en que éste volviera a aparecer para atormentarla.
—¿Sabes, Alex? —le dijo, como si tal cosa—. Regreso a casa.
Alex inspiró profundamente. Elisa volvía a casa, a aquella pesadilla, y él iba con ella. ¿Por qué había subido a aquel maldito tren? ¿Por qué? Perdida toda esperanza, el niño hundió el rostro entre las manos y permaneció en silencio un buen rato. Tampoco Elisa dijo nada. Durante unos angustiosos minutos, sólo se escuchó el traqueteo del tren que los llevaba a ambos al infierno.
A ambos. A los dos.
Alex levantó la cabeza, presa de una súbita inspiración. ¿Y si…? Se volvió hacia su compañera con los ojos brillantes. Trató de asirla por las manos, pero no pudo retener los dedos fantasmales de Elisa. La miró fijamente.



—Elisa —le dijo, conteniendo el aliento—. ¿Querrías venir conmigo a mi casa?
Ella lo miró como si estuviera loco.
—¿Contigo? No. Yo tengo que volver a mi casa. Con mis padres.
Hablaba como si fuera lógico, como si le resultara absurda la simple idea de que hubiese algún otro lugar a donde ir. En los minutos siguientes, mientras el tren los acercaba cada vez más al infierno de Elisa, Alex le habló de su casa, de su familia, de sus padres. Le habló de Sebastián, que, aunque gruñía mucho, en el fondo le quería y se preocupaba por él. Alex habló sin parar, en una carrera contrarreloj, tratando de encender la llama de la ilusión en el alma de su amiga, antes de que fuera demasiado tarde. Porque se le había ocurrido de pronto que tal vez el tren no se había detenido en su estación por casualidad. Y, si eso fuera cierto, aún quedaba un resquicio de esperanza.
Alex siguió hablando hasta casi quedarse sin voz, intentando crear en la mente de Elisa el cuadro de lo que podía ser un verdadero hogar. Ella no decía nada, pero escuchaba atentamente, y Alex quiso considerarlo una buena señal. Sabía que su propia familia no tenía por qué ser el hogar perfecto para Elisa, pero la salvaría del infierno por el momento, hasta que ella fuese capaz de elegir un destino diferente al único que conocía.
De pronto, el tren se detuvo, y las puertas se abrieron para Alex y para Elisa. El niño se atrevió a mirar al exterior, y el corazón le dio un vuelco.
Se trataba de una estación pequeña, pero coqueta, de paredes color granate y bancos recién pintados. Un letrero anunciaba: San Esteban.
Estaba en casa. Alex salió corriendo del tren. Se acordó entonces de Elisa, y se volvió para mirarla. Ella aguardaba tímidamente, todavía en el interior del vehículo, sin atreverse a salir.
—Esta no es mi casa —dijo, vacilante.
—No, pero estás invitada a quedarte un tiempo —repuso Alex—. Todo el tiempo que quieras. Hasta que encuentres un sitio mejor. Serán unas pequeñas vacaciones. ¿Te parece bien?
Ella lo pensó un poco, pero finalmente asintió. Alex le tendió la mano, sonriente. Ahora sabía que su intuición era acertada. El tren se había detenido para que él subiera porque en el fondo del corazón de aquella niña infeliz todavía latía una llamita de esperanza. Porque ella en realidad no deseaba regresar al infierno, porque quería escapar de su destino y para ello sólo necesitaba a alguien que le tendiera una mano, como Alex estaba haciendo en aquel preciso momento. Elisa sonrió por primera vez. Fue una sonrisa vacilante, como si no supiera muy bien cómo era eso de sonreír. Pero aceptó la mano que le ofrecía Alex y, aunque no pudo sujetarla, bajó del tren junto a él.
Una breve risa sonó tras ellos. El niño y el fantasma, se giraron y vieron al demonio contemplándolos desde la puerta del vagón, con los brazos cruzados y aquella irritante actitud burlona.
—Lo has conseguido —le dijo—. No es fácil escapar del infierno cuando no tienes otro sitio a donde ir, pero ella buscaba inconscientemente un destino alternativo y por eso el tren te dejó subir. Sin embargo, no pensé que conseguirías rescatarla. Creo que te subestimé.
—Lo siento —dijo Alex, aunque en realidad no lo sentía—. ¿Cómo regresarás a casa ahora?
© Laura Gallego, 2003
—El tren se pondrá en marcha y recogerá más almas perdidas. Has rescatado a una del camino al infierno, pero hay muchas más. No puedes hacerte una idea de cuántas personas mueren sin saber a dónde ir. No imaginas cuántos humanos sólo conocen el infierno en la tierra y, por tanto, no pueden imaginar siquiera que exista otro lugar. No te preocupes por mí. No tardaré en volver a casa. Y quién sabe… —añadió, con una siniestra sonrisa—. Tal vez volvamos a vernos allí alguna vez.
Alex se estremeció.
—No lo creo.
El demonio no dijo nada, pero siguió sonriendo después de que las puertas del vagón se cerraran tras él. Alex y Elisa vieron cómo el tren de las almas perdidas se ponía en marcha de nuevo, abandonando la estación de San Esteban, en busca de más espíritus confusos a los que recoger.
—¡Alex! —se oyó de pronto una voz.
El niño se volvió. Su madre corría hacia él. Sebastián estaba también allí. Los dos parecían preocupados y aliviados a la vez.
—¡Alex! ¿De dónde sales? ¿Dónde estabas?
Los dos hablaban al mismo tiempo, y a Alex le costó entender lo que decían. Sebastián acababa de llegar a San Esteban en el último tren. Estaban discutiendo todavía qué hacer, y dónde empezar a buscar a Alex, que, por lo visto, había subido en un tren del que nadie tenía constancia, cuando el niño había aparecido de pronto sobre el andén.
—Se habrán equivocado con los horarios —dijo él, quitándole importancia.
Los dos parecieron considerablemente más aliviados al oírselo decir. Claro, eso era lógico, era una explicación racional. Todo estaba aclarado, pues.
—Hijo, menos mal que el tren pasaba por San Esteban —dijo su madre—. No puedo creer que hayas hecho el viaje solo.
—Solo, no —replicó Alex, mirando a Elisa, sonriente.
Pero enseguida se dio cuenta de que ni su madre ni Sebastián podían verla.
—Volvamos a casa —sugirió la madre.
Alex asintió. Los tres se encaminaron al coche, seguidos por el fantasma a quien el niño había rescatado de un destino sombrío. Y tal vez algún día, pensó Alex, el tren de las almas perdidas pasaría de nuevo a recogerla para conducirla a su pequeño paraíso, un lugar lleno de cosas bonitas creadas por ella, donde Elisa pudiera olvidar por fin el infierno que dejaba atrás.

7 comentarios:

  1. En cierta ocasión, hace ya mucho tiempo, vi un fantasma.
    Sí, un espectro, una aparición, un espíritu; lo puedes llamar como quieras, el caso es que lo vi. Ocurrió el mismo año en que el hombre llegó a la luna y, aunque hubo momentos en los que pasé mucho miedo, esta historia no es lo que suele llamarse una novela de terror.
    Todo comenzó con un enigma: el misterio de un objeto muy valioso que estuvo perdido durante siete décadas. Las Lágrimas de Shiva, así se llamaba ese objeto extraviado. A su alrededor tuvieron lugar venganzas cruzadas, y amores prohibidos, y extrañas desapariciones. Hubo un fantasma, sí, y un viejo secreto oculto en las sombras, pero también hubo mucho más.
    A veces, sin saber muy bien cómo ni por qué, suceden cosas que nos cambian por dentro y nos hacen ver el mundo de otras forma. Con frecuencia, se trata de sucesos triviales, acontecimientos a los que, cuando se producen, apenas concedemos algún valor, pero que a la largan acaban adquiriendo una inesperada trascendencia.

    ResponderEliminar
  2. ¿Quieres saber a qué obra pertenece este fragmento?
    Pásate por la biblioteca y descubrirás más...

    ResponderEliminar
  3. La manzana que quería ser estrella.

    Había una vez una manzana que siempre había querido ser una estrella. Nunca quiso ser una manzana. Se pasaba los días pensando, ilusionada, cómo sería una vida brillando desde el cielo. Cada mañana, sus compañeras manzanas la invitaban a unirse a sus charlas y conversaciones divertidas. Pero la manzana, nunca quería participar, sólo deseaba ser una estrella. Un buen día, viendo a una oveja del pastor que balaba hacia el cielo, la manzana le preguntó: -¿Ovejita, tú sabes dónde duermen de día las estrellas? La ovejita, sonriendo, le dijo: -¿Acaso no sabes, querida manzana, que las estrellas están en el cielo día y noche? La gran luz del sol no nos permite verlas, pero ahí están, en el infinito cielo, siempre con luz. A la pobre manzana le entraron muchas más ganas todavía de ser una estrella en lo alto cielo, y tener siempre luz. Pero era una manzana, y eso la ponía muy triste. Otro día la manzana le preguntó a la ardilla, que saltaba de una rama a otra del manzano: -Dime, ardilla, ¿las estrellas se mueven o están siempre en el mismo lugar? La ardilla, sonriendo, le dijo: -¿Acaso no sabes, querida manzana, que las estrellas se desplazan recorriendo todo el firmamento y a gran velocidad? -Eso es así -confirmó el caracol.
    Con cada cosa nueva que aprendía la manzana sobre las estrellas, le entraban muchas más ganas de convertirse en una bella estrella. Pasó la primavera y la manzana fue creciendo y madurando, triste, ansiando convertirse en estrella. No era feliz. Llegó el verano y un día una familia se acercó hasta el manzano para organizar un picnic bajo su sombra. Mientras preparaban la merienda, el padre de familia zarandeó el tronco del árbol para conseguir algunas manzanas. Varias manzanas cayeron, entre ellas, la triste manzana que quería ser estrella. La hija de la familia la cogió y la olió. Estaba feliz de haber encontrado una manzana tan hermosa para merendar. -Mamá, ¿me dejas un cuchillo para cortarla en dos trozos? -Claro cariño, si lo haces con cuidado. La niña, que no sabía muy bien cómo cortar una manzana, la tumbó sobre el plato con el rabito hacia un lado y la cortó en dos trozos. Cuando separó los dos trozos, la niña se quedó asombrada al ver la estrella de cinco puntas que aparecía en el corazón de la manzana. Emocionada, dijo a sus papás: -Mirad, mirad, qué maravilla. Aquí hay una estrella.
    La manzana había vivido triste toda la vida sin darse cuenta de que dentro de sí guardaba una hermosa estrella y de que, para mostrarla, tenía que abrirse y brindarse a los demás.

    ResponderEliminar
  4. Si te ha gustado, averigua su origen y coméntalo.
    ¡Feliz viernes !

    ResponderEliminar
  5. Holaa! He estado investigando y creo que lo tengo, trata de la enseñanza del arquetipo de la Estrella del Tzolkin.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Es un cuento popular que puede enlazarse perfectamente con tu respuesta, con la creación de belleza y el potencial interior. Porque:
      Para reflexionar...
      ¿Cuántas veces buscamos afuera aquello que deberíamos buscar en nuestro interior?
      ¿Cuántas veces nos olvidamos de conectarnos con nosotros mismos, y perdemos la grandeza que está en nuestro interior?
      ¿Cuántas veces dejamos de ser nosotros mismos, para ser “como alguien más” ?
      ¿Cuántas veces nos olvidamos de ser la mejor versión de nosotros mismos?
      ¿Has olvidado disfrutar aquello que te rodea?
      ¿ Te quieres y te valoras tu mismo?
      ¿Puedes ver tu estrella interior?

      Eliminar
  6. George Bernard Shaw (Premio Nobel de Literatura) decía: "Si tú tienes una manzana y yo tengo una manzana, e intercambiamos manzanas, entonces tanto tú como yo seguimos teniendo una manzana. Pero si tú tienes una idea y yo tengo una idea, e intercambiamos ideas, entonces ambos tenemos dos ideas."

    ResponderEliminar