jueves, 27 de diciembre de 2018

El hombre que quiso ser bello.

Una mañana, se despertó con el ímpetu de ser bello. Nunca hasta entonces se lo había planteado. Mirando hacia el techo de su dormitorio, pensó: "he de ser bello". Llegó a la conclusión de que para lograrlo, no había de encontrar la belleza, sino a La Belleza: la esencia inmaterial que existe, inmanente y eterna, en todo lo visible e invisible. Algo le decía que era La Belleza, y ninguna otra cosa más, lo que le haría a él ser verdaderamente bello. Así, una vez interiorizada esta decisión, salió a la calle y empezó a observar a su alrededor, intentando captar aquello que le suscitara una necesidad lo suficientemente grande de emocionarse, como para empezar a pensar que aquello ante lo que se encontraba le proporcionaría lo que buscaba. Hacía tanto tiempo que La Belleza no volvía a pasar por su corazón, que no recordaba que la emoción fluía sóla, y que todo aquel bullicio liante mental, era innecesario.

Pasaron las horas, y la luz del Sol se le  empezó a acumular en las pupilas, pues no cerró los párpados en horas, intentando que nada escapara a su sentido de la vista, que creyó imprescindible. Algunas niñas pasaron por su lado corriendo y le chillaron: "¡hechizao'!", porque parecía realmente que hubiera quedado sedado y alucinado bajo algún embrujo de ensueño. Fue en ese momento cuando, reflejado en la superficie de un charco de agua, se vio a sí mismo. Los haces de luz que proyectaban sus pupilas solares se fundían en ese espacio acuoso y agitado como pedacitos de oro difuminados, como si fueran el recuerdo borroso de un cofre pirata que se hunde en la profundidad del mar y que, aún ante la mirada estupefacta de la tripulación, se abre, y deja vislumbrar el brillo de las maravillas que guardaba...
Aquella visión le produjo la sensación más particular que había tenido desde hacía demasiado tiempo y, de repente, sintió cómo la luz solar incrustada en sus pupilas se trasladaba al iris, (haciéndole ojos color luz, casi como los de las criaturas celestes), y cómo desde ahí se fundía hacia dentro, hacia el interior de su cuerpo, donde algo le empezó a florecer; le empezó a acariciar los órganos y los huesos; e incluso, le empezó a perfumar  la sangre. Era ella. 


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